jueves, 20 de julio de 2017

4. Recursos




Cómo sería contar este paralelismo, cómo lo haría si tuviese que escribirlo. Afortunadamente no soy escritora —se responde Piera. El escritor de la familia era Elio, con sus agudas editoriales socio-políticas publicadas en periódicos de varios países. Los había leído gracias a César, ella se consideraba un burra total en la materia. Según las ciudades en que se publicaban, creyó armar un itinerario de los breves anclajes del hermano en una fuga que lo alejaba cada vez más.

Él ya no está para indicarle la forma de expresar una idea y ella debe hacerlo a su estilo, a través de la pintura, continuando ese cuadro.

Lo comenzó la tarde anterior, para darle cauce a la inquietud que la quebranta y oscurece desde hace días. Preparó óleos, pinceles y colocó una tela en el caballete. Trazó un bosquejo e intentó descifrar la emoción confusa que se le escapaba. Esa noche durmió mal, soñó con imágenes de piedra, caras de aristas afiladas que se superponían y voces pedregosas que la llamaban.

Los colores y las líneas son sus palabras para traducir el desasosiego y el sueño. Tengo que seguir y ver hacia dónde me conducen —murmura— y expande sobre el lienzo una capa espesa de grises y ocres. Con la espátula le insinúa texturas y de a poco se revelan facciones en la gruesa montaña de escombros del fondo.

César y Bruno. No está Elio, en quien había vuelto a pensar últimamente. Sí, César y Bruno, son ellos que le hablan, cada uno desde el lado de su historia. César desde el pedestal de su propia importancia de abogado en ascenso, mientras que Bruno grita frases ásperas, dictadas por la inquina. Cuánto se parecen, no físicamente, sino en determinadas posiciones ante la vida: el dinero, el poder, el éxito por encima de cualquier otro aspecto.

Casarse con César tan joven le sirvió para irse de la familia, eso lo comprendió rápidamente. Fue mejor que quedarse en la casa paterna, con el viejo triste en que se había convertido su padre y con la Segunda, tan sosa y sin horizontes. Elio se había ido y a Bruno, el amargo, el despectivo, no lo pudo querer, lo consideraba el culpable de la partida de Elio.

Y fue César quien descubrió el motivo de la pelea y el destierro de su hermano mayor. Eran conjeturas que, analizándolas bien, encajaban. El razonamiento inteligente de César era preciso, solo que Piera no quiso aceptarlo, extrañaba a su hermano y no consiguió imaginarse a Bruno como una víctima.

Ya se había dado cuenta de que no amaba a César y después de la revelación la lejanía emocional fue creciendo. Su marido defendía a Bruno y ella no podía culpar a Elio. Destejió la trama buscándole puntos flojos, tironeó los hilos para que formaran otro diseño y, finalmente, sepultó la historia en la tumba de los enigmas.

También la trama marital comenzó a torcerse, César le recordaba demasiado a Bruno, un Bruno amable, pero igualmente aferrado a sus convicciones materiales.

En esa época escapaba y como había huido de la casa familiar, también se fue de esta otra, rica, de categoría, que le sobraba por todos los costados. Y se sintió como se debía sentir Elio, sin un lugar en el mundo, él resguardado detrás de sus palabras escritas, ella embadurnando lienzos para sacarse el frío que le salía de adentro.

Pasaron veinte años, Piera ha cambiado. Necesita depurar rencores, cerrar heridas y sabe que primero debe componer los pedazos rotos de su historia. La pintura  será un medio y si no es suficiente, recurrirá a las palabras. Un nuevo desafío.


©  Mirella S.   — 2017 —


Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1928-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de italiano y de latín.
Elio (1952): el hermano mayor, le lleva dieciocho años, muy querido por ella. Es periodista. 
Bruno (1954): el otro hermano, con el que tiene una mala relación, lo considera culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Piera desconoce el motivo de la pelea entre los ellos. Es agente financiero.
César (1963): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años.


Continuará... en setiembre...
Abrazos para todos.





jueves, 13 de julio de 2017

3. Secreta mente




Con la partida de Elio, en la casa se instaló un clima aún más sombrío que el producido por la muerte de la madre.

Según Bruno, Piera a los dieciséis años tenía una ingenuidad rayana en la estupidez, incapaz de darse cuenta de nada. Se lo dijo cuando ella le preguntó el motivo de la pelea y la ausencia de Elio.

La respuesta de su padre fue fruncir el ceño y decirle que era muy chica para entender y se encerró en su cuarto.

La Segunda iba y venía de la cocina al comedor, como perdida, con una franela inútil entre las manos, que temblaban ostensiblemente. Se hace la nerviosa —pensó Piera—, estaba en el momento de la discusión, sabe qué pasó. No le hizo preguntas, no la consideraba de la familia, a pesar de que a los pocos meses de su llegada, el padre se casó con ella y consiguió la seguridad que nunca había tenido. Al viejo el matrimonio también le convino, era un cómodo y no quería ocuparse de nadie, recostado en su papel de viudo inconsolable.

En esa época Piera buscaba ampararse en el resentimiento y el desprecio para sentir que era alguien y estaba viva. Se fabricó una identidad ficticia que la ayudara a respirar. Había días que se asfixiaba, como si el aire de la casa estuviera contaminado. Entonces empezaron sus ataques de asma.

Una tarde en que Bruno le lanzó uno de sus dardos sarcásticos, algo le explotó por dentro. Sin poder contenerse, gritó:

¿Por qué no te vas de acá? Un boludo de treinta y dos años, lleno de plata que vive en la casa del viejo, sos un tacaño de mier…

Esperaba, casi deseaba, un cachetazo de su hermano para mantener activo el rencor, pero no pudo terminar de decir lo que tenía atragantado porque el acceso de tos fue intenso y la respiración tan sibilante que hasta Bruno se asustó.

Recuerda que estaban en la cocina, el amplio ventanal abierto al jardín de atrás. Se asomó para inhalar aire y le pareció que el limonero, su amado rincón de confidencias, inclinaba sus ramas para enviarle oxígeno.

A partir de esa escena, con Bruno se evitaron mutuamente. Cuando él llegaba de la oficina, Piera desaparecía, se llevaba unas frutas a su cuarto a modo de cena o se iba a estudiar a la casa de una compañera y se quedaba a dormir allí.

Bruno era como su nombre, oscuro, hosco, soberbio. Detrás de la fachada impenetrable, cada tanto le asomaba una veta violenta en los ojos, en los puños apretados, prontos a entrar en acción. De aspecto era más atractivo que Elio, más bajo y musculoso, trigueño, con un elegante perfil como repujado en bronce.

El único afecto y preocupación que demostraba era hacia el dinero. Le conoció una novia, Micaela, la única que trajo a la casa. Un día no vino más, debió quedar absorbida en los pliegues umbrosos de la vida de Bruno, tal vez guardada dentro de su maletín contenedor de transacciones bursátiles, ganancias abundantes y verdades que no revelaría ni siquiera para defenderse.

Las paredes de la casa custodiaron lo ocurrido entre sus hermanos, enrarecieron el aire, le provocaron el asma, que mermó en cuanto se fue para casarse con César.




©  Mirella S.   — 2017 —

     


Sinopsis
Piera (1970): rememora y reflexiona sobre momentos claves de su historia. Es maestra de arte y artista plástica.
Luciana (1932-1980): su madre, mujer de carácter fuerte, en la casa todo giraba alrededor de ella. Muere cuando Piera tiene diez años.
Renzo (1925-1996): su padre, al poco tiempo de enviudar se casa con la Segunda. Es profesor de italiano y de latín.
Elio (1952): el hermano mayor, le lleva dieciocho años, muy querido por ella. Es periodista. 
Bruno (1954): el otro hermano, con el que tiene una mala relación, lo considera culpable de que Elio tenga que abandonar para siempre la casa paterna. Piera desconoce el motivo de la pelea entre los ellos. Es agente financiero.
César (1963): abogado, Piera se casa con él a los veintiún años.






jueves, 6 de julio de 2017

2. Like a rolling stone



Clara, la astróloga a la que Piera consulta en cada cumpleaños para que le haga la carta de la Revolución Solar, le explica que en la de este año la posición de Plutón, nuestro Hades simbólico, el que revuelve las basuras subterráneas para sacarlas a la superficie, está ubicado en el área que muestra las relaciones con los hermanos. Es el momento de limpiar viejos rencores, sugiere.

Su hermano Elio era un acuariano casi de manual —diría Clara—, le llevaba 18 años y era el mayor. Bruno nació dos años después y, al cabo de 15 años, Piera cayó como peludo de regalo. Los hermanos no se pusieron celosos, ya se habían convertido en hombres y no iban a tener celos de una cosita feúcha y llorona, como dijeron que había sido ella.

Piera quería a Elio, un tipo carismático, de respuestas inmediatas y agudas. La sonrisa se le iniciaba primero en los ojos, en chispas risueñas. Ella recibía ese guiño cómplice como un gajo de cielo que asomaba entre las nubes aburridas de un mundo de adultos, para los que se sentía invisible.

Era hermoso Elio, tal vez sin serlo, aunque así lo veía ella. Estaba poco en la casa, debido a su trabajo de periodista. Cuando llegaba, Piera lo seguía por todos los cuartos para no perderse un minuto de su compañía, atesorando cada una de sus palabras, aún sin entenderlas. Por lo general eran discusiones políticas con Bruno, quien, mirándola torcido, le decía salí de acá, mocosa. Elio, para compensar la habitual brusquedad de Bruno, le revolvía los rulos y la acariciaba con la tibieza de su mirada.

Mientras vivió la madre, a pesar de su carácter imponente y crítico, hubo canciones y risas. El padre ejercía el rol de diplomático mediador, siempre neutral en los conflictos.

Sin embargo, con la aparición de la otra, la Segunda, así la llamaba Piera para sus adentros —la mujer contratada por su padre para que se ocupara de ella y de la casa—, el ambiente familiar se tornó mustio, gris. Tenía once años y la Segunda intentó congraciarse preparándole damascos en almíbar con mascarpone y escamas de chocolate, pero no lo logró. Nadie tuvo la culpa, hay vínculos que no se dan.

Elio viajaba mucho y en el ’77, con la dictadura militar, se fue del país y no pudo venir cuando murió la madre, en el ’80. Piera devoraba sus cartas, tan bien escritas, tan íntimas, igual a su sonrisa.

Regresó en cuanto la democracia se restableció nuevamente y estuvo en la fiestita de los quince de ella, un festejo desabrido porque la Segunda era pobre de ideas y el padre vivía en su mundo de tristezas. Elio la acompañó a comprar el vestido, que le pareció demasiado corto, pero él le dijo que debía lucir la belleza de sus piernas.

Es el último acontecimiento grato que recuerda; meses después sobrevino aquello que cambió la vida de todos. Su padre gritó por primera vez, Bruno le dio un tremendo puñetazo a su hermano y se convirtió en el hombre amargo y taciturno de hoy.

 Y Elio, el querido Elio, ahora exiliado por su propia familia, partió para no volver, errando de un país a otro, como una solitaria piedra rodante sin rumbo, sin raíces.





Continuará...


©  Mirella S.   — 2017 —




jueves, 29 de junio de 2017

1. Hoy





Despierta despacio, se resiste a dejar los sueños, las aventuras que abundan en sus madrugadas. Permanece unos minutos sin abrir los ojos: es una holgazana que se estira disfrutando del calorcito que le ofrece el acolchado.

Hoy es su cumpleaños. En este día, Piera quiere renovar sus votos con la vida. Sabe que hacia afuera será un día como tantos, que pocos se acordarán de la fecha y menos la llamarán. Solo los incondicionales de siempre.

Hoy no le importan los saludos, las frases repetidas año tras año.

Hoy quiere ser feliz, a su estilo, hacia adentro, sin alboroto. Sonriéndose. No aceptará invitaciones a cenar, si es que habrá alguna. Será ella con ella.

Ya se regaló un bouquet de junquillos que vio en el puesto de flores de la esquina. Recordó los que bordeaban los canteros en la casa de la infancia y que siempre florecían en esta época. Su palidez y la fragilidad de su aroma, junto al del café con leche, le desearán el primer feliz cumple. 

El desayuno de cada mañana, mientras mira el descolorido cielo de junio, tendrá el sabor que ella quiera darle. Un sabor nuevo, como este nuevo año que le empieza.

Por un día se olvidará del pasado, de aquellos que se fueron y no regresaron, de los que la olvidaron o que ella olvidó. Tampoco necesita trazar proyectos para el futuro. Este hoy es todo lo que le cabe.

Piera quiere vaciarse de lo superfluo, de lo improductivo, de las películas dramáticas que su mente urde en cada situación incierta.

Se pregunta si se puede planear ser feliz. No, —se responde— la felicidad te llega, inesperada como un soplo de brisa que agita las cortinas tiesas de un cuarto. Como la aparición de un amor en el que aún no se ha instalado la monotonía. Como el nacimiento de un hijo, como tantas cosas grandes y pequeñas que te tocan el alma.

No, la felicidad no se planea, te roza, te obsequia momentos únicos, diamantes en bruto que hay que pulir por dentro para que brillen externamente y los demás disfruten de la luz clara que te envuelve como un aura.

Piera se lo dice y sabe que es así porque lo ha vivenciado. Ella no es una máquina que produce dicha, por eso la valora cuando la siente, cuando la irradia.

Se levanta, va a la cocina, prepara el café con leche y las tostadas con la mermelada casera de naranjas, el queso blanco untable. Igual que todas las mañanas.

No puede proponerse ser feliz desde un mandato mental. Sí puede preparar el terreno, disponer el ánimo para que la vida florezca serena. Piera cree que es un ingrediente indispensable de la felicidad.


©  Mirella S.   — 2017 —


Retomé la escritura de las Historias de Piera, una idea que empecé hace un par de años y quedó en el tintero. 
No es una novela, tampoco es autobiográfica, si bien la primera publicación, Angelito de hollín, se basa en una experiencia personal.
No soy Piera… pero en ciertos aspectos lo soy. Su mundo interior refleja algunas emociones con las que me identifico.

Hoy reinauguro sus vivencias, recuerdos, estados de ánimo. Empecé a diseñarle una vida, donde aparecerán nuevos personajes y, a medida que surjan, dejaré un breve resumen recordatorio de lo más importante.
Son escenas sueltas, sin un orden cronológico, sobre una mujer que recuerda, reflexiona, siente.

Espero les guste. Abrazos para todos.






miércoles, 14 de junio de 2017

Cadena alimenticia





Para mí, matar al gato fue en vano. Es cierto, no cazaba a los ratones, en cambio se comía los pájaros, que se comían los gusanos que hacen agujeros en el césped del jardín. ¿Qué comen los ratones, aparte de las hormas de queso apiladas en el sótano? Ellos también deben comerse algún bicho. Si por lo menos se dieran un atracón con las cucarachas, que lo más panchas se adueñaron de la cocina. El gato inclusive se despachó al pez rojo, que le costó un ojo de la cara a la tía Maru, y al que encima debíamos alimentar, ya que no podía comerse a nadie, encerrado como estaba en una pecera.

Las cucarachas comen lo que dejamos y empieza a pudrirse. Qué alivio si esas inmundas se bajaran a las hormigas saqueadoras del jardín. Laboriosamente nos pelan los rosales, los geranios, las fresias, ayudadas por las gatas peludas y los bichos canasto, tan repugnantes que creo no se los come nadie. A lo mejor  se animaría una araña bien grande, una tarántula, lástima que no hay por estos lados, aunque sería un peligro para nosotros los chicos.

Los ratones se han vuelto un problema, son angurrientos, roen maderas, cañerías, además de darle a los quesos. Una solución serían las serpientes, que los encantan con la vista, los dejan inmóviles y se los mandan de un bocado, eso lo vi en el Animal Planet. Pero pasa igual que con las tarántulas, no es una buena idea meterlas en la casa. Otra alternativa es contratar los servicios del restorán chino de la vuelta. Según mamá, hubo una época en que corría el rumor que la carne de los tenedores libres chinos era de ratas y gatos, sin discriminación.  No sé por qué tanto escándalo si en los lugares de categoría ofrecen caracoles, ranas, tortugas. ¿No es un asco comerse los chinchulines de la vaca o sus tetas o, peor aún, las bolas del toro? Se ponen de moda hábitos horribles: zamparse grillos, cigarras, víboras, para qué voy a seguir enumerando.

Mamá siempre nos recuerda que el hombre, como especie, es el peor de todos, tiene una gula retorcida, prepara los animales más repulsivos con salsitas rebuscadas, los condimenta con especias y finas hierbas. Por suerte no entramos en esa categoría de depredadores, como los llama ella, en casa somos vegetarianos, a excepción del abuelo, quien fue el que mató al gato. Como no lo pudimos convencer de seguir una dieta a base de verduras, cereales y legumbres, tiene el instinto asesino más desarrollado. Para despachar a Agustín, el gato, colaboró la tía Maru, que es una veleta: un día se engulle a escondidas un bife de chorizo y al otro, con la culpa que se le derrama por los ojos, hace penitencia con unas hojitas de lechuga.

El abuelo venía juntando bronca porque ama los pájaros. La gota que rebalsó el vaso fue cuando encontramos la pecera en el suelo y Agustín, acurrucado debajo de la mesa, trataba de hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero lo delató la cola rubia que le asomaba por entre los bigotes. El pez era propiedad de la tía Maru y en ese momento le saltó la parte carnívora, salió de la indecisión y lo apoyó al abuelo. Entre los dos acorralaron a Agustín, el abuelo revoleando un cuchillo como si fuera el hacha del último de los mohicanos y con cara de loco gritaba: “¡los pájaros son sagrados, ni fuiste capaz de morfarte a los ratones…”!

No quise saber los detalles de la ejecución, me fui a la casa de una compañera del cole. Mis ruegos fueron tan en vano como la muerte del pobre Agustín. Debo reconocer que era raro Agustín, con esa debilidad por los pájaros. Se embuchó una pareja de teros, dos o tres torcazas y de los gorriones perdí la cuenta. El dicho “cuando el gato no está, los ratones bailan”, no se aplicaba en este caso, porque ellos, que formaban un ejército, no se amilanaban ante la presencia de Agustín, hasta le pasaban entre las patas. Él, que debía tener el estómago delicado, los esquivaba con la cola temblorosa cuando aparecían corriendo por las habitaciones. Un gato gourmet este Agustín, decía mamá.

Cuando volví en casa había un gran alboroto. Mis primos, vegetarianos más que nada por obligación, estaban armando tramperas con abundantes trozos de queso gruyere. En el fondo, junto a la parrilla en desuso (sólo servía para almacenar cosas viejas), el abuelo despellejaba a Agustín, que era gordo y atigrado, con la idea de curtir la piel y hacerse una gorra para el invierno.

Ese mismo día hubo una buena recaudación de lauchas y ratones. Las cucarachas de la cocina comprendieron que venían tiempos malos y no salieron de sus escondites. Me di cuenta de que las cosas habían empeorado cuando vi al abuelo sacar los cachivaches de la parrilla y limpiarla prolijamente. Por si esto fuera poco, escuché a mamá que decía que el abuelo a la noche iba a invitar a unos amigos con los que juega a las bochas, para cenar unos bocaditos especiales.


©  Mirella S.   — 2012 —


Glosario:
Angurriento: hambriento, ávido.
Bronca: enojo, rabia.
Morfar: comer.
Cachivaches: objetos que no sirven o están rotos.






miércoles, 7 de junio de 2017

La del medio




Mi hermana mayor es parecida a nuestra madre, una sibarita, con un cuerpo voluptuoso, en el que se sacralizan curvas y redondeces. Mis padres —sin titubeos— se decidieron por el nombre de Alejandra, por lo magna, ya lo era de recién nacida. Los hombres se dan vuelta cuando pasa por la calle, para verificar si la abundancia de adelante se repite por detrás. No quedan defraudados. Sin embargo, algo falla: a los cuarenta sigue solita y sola.

Mi hermana menor salió a nuestro padre: flaca por donde la mires, lisa como un palo de escoba. Es el cerebro de la familia; perdí la cuenta de todos sus títulos, masters y licenciaturas. Le pusieron Victoria y le hizo honor al nombre: su vida es la acumulación de un éxito tras otro. Ella sí se casó, con otro cerebro, un doctor en neuropsico… no sé cuánto y produjeron un cerebrito más, que usa los sesos para elucubrar las más increíbles maldades. Vicky y el neuro del marido, después de cada vandalismo, lo sientan y le dan unas cátedras de comportamiento llena de palabras incomprensibles, mientras el pendejo, con la cabeza gacha, pone cara de arrepentido para zafar lo antes posible de la perorata. Hay que reconocerle que es un actorazo, otra que Al Pacino.

No soy una perversa, pero no me imagino a esos dos en la cama. Toda la libido la tienen puesta en los estudios, la profesión, exhibirse en congresos y seminarios. A lo mejor se calientan hablando de la sinapsis de las neuronas. Su vida sexual y de cómo engendraron ese proyecto de Atila, que por donde pasa siembra la destrucción, es un enigma para mí.

Yo soy la del medio, triste ubicación, aunque tiene sus ventajas: nadie me da bola y no se meten en mi vida. Me llamaron María Helena (con hache) y me ilusioné pensando que fue por Helena de Troya, en cambio resultó un homenaje a una tía abuela, solterona y bien forrada, que les dejó a mis viejos una suculenta herencia. Desde chica me apodaron Mari y mis veleidades mitológicas se fueron al carajo.

No me parezco a ninguno de ellos y muchas veces dudé de mi legitimidad, lo que sería poner en tela de juicio la conducta de mi progenitora. No la podría censurar, teniendo en cuenta lo poco efusivo que es el viejo, siempre con la nariz metida en sus óleos y pinceles.

Mi piel es sospechosamente más oscura que la del resto de la familia. Nací y crecí en la casona de Floresta, rodeada por un parque impecable, con pasto inglés, hortensias, clivias, petunias, una lujuriosa Santa Rita, que un jardinero morocho y musculoso, callado y melancólico, cuidaba con ardor y escrupulosidad como si cada brizna de hierba o flor fuera el cuerpo de la mujer amada. Mientras trabajó en la casa, para mis cumpleaños, armaba un ramo con las flores más perfectas, se inclinaba para darme un beso y decía junto a mi oído con su voz ronca: feliz cumpleaños María Helena. Era el único que me llamaba por mi nombre completo.

Volviendo a la cuestión del soma familiar, no soy ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, ni brillante ni seductora histérica, o sea “ni chicha ni limonada”. Una mina promedio, la gris hermana del medio. El relleno del sándwich. Y por más que un amigo me quiso consolar y me dijo que el relleno es lo mejor, lo más sabroso, yo, escéptica por crecimiento, le contesté que al relleno muchos lo sacan o lo descuartizan, porque el jamón no les va o el queso les da alergia o el tomate está pasado o dudan de la limpieza de la lechuga.

Tampoco entro en la categoría de casada o soltera; conviví ocho años con un hombre y nos separamos. No necesito ser objeto de adoración como Ale, la magna. Ni que me alaben los logros por las investigaciones sobre la vida íntima de ciertos insectos, originarios de una isla en el mar de Tasmania, como Vicky. La suya deja bastante que desear, desde que tuvieron al monstruito, ella y el neuro duermen en cuartos separados.

No soy centro de nadie, estoy en el medio de dos extremos que no pueden ser más opuestos: el cuerpo y la mente. Mis dos hermanas se mancomunan en una sola cosa: en ignorarme. Sé que las irrito porque digo lo que pienso, sin los eufemismos a los que recurren tanto ellas como los viejos. De algún modo se avergüenzan de mí, de mis opiniones crudas o de mi boca sucia, como dice mamá. Ale, la magna, seguramente de mi piel morena. Victoria elaborará alguna teoría respecto de la pobreza de mi cultura, carencia de ambición por triunfar o mi inteligencia mediocre.

Lo que no saben —o no les importa—, es que experimenté algo que en mi familia brilló por su ausencia. Esa palabrita de cuatro letras que jamás fue pronunciada por considerársela cursi, de culebrón de la tarde o de novelas de Danielle Steel. Se me pegó el hábito y tampoco la digo. Claro que la sentí en toda su magnitud, a diferencia del sabor insípido de sopa recalentada que fue la constante de los viejos y, supongo, de Victoria y el neuro. 

Y aunque ahora esté sola y la geografía emocional parezca una estepa deshabitada, el amor (finalmente puedo nombrarlo), ese amor me reconcilia con la vida, porque se me quedó adentro como un privilegio, un rescoldo amigo que me calienta los días. Algo que ellas nunca tuvieron.


©  Mirella S.   — 2013 —



martes, 30 de mayo de 2017

Budapest


Foto de André Kertész: "Budapest, 1914"




Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados; hay una luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar.
Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva.
Nuestros pasos son tan lentos que nunca vamos a llegar hasta las ventanas, casi a ras del suelo, con cortinas que velan el interior y pueden guardar tibiezas o atrocidades.
Este transitar pausado siguiendo a mi sombra me desconcierta y me veo envuelto en un juego de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja de un barrio lejano.
Y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean sin identidad, allí seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.


Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo, como si fuera una pantalla.
Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos.
Los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines.
En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida.
Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará y la oscuridad de este suburbio extranjero nos tragará ávidamente.


©  Mirella S.   — 2011 —


Este texto es uno de los primeros que publiqué en el blog.
Está basado en la foto de André Kertész.

Les agradezco mucho los afectuosos mensajes 
que me dejaron en la publicación anterior.
Abrazos.





lunes, 22 de mayo de 2017

Sin alas

Imagen: Laura Makabresku


Se acabaron las historias, la excitación de sentir el cuerpo facetado de la birome entre los dedos y su punta recorriendo los renglones, mientras una taza de café espumoso se entibia, olvidada, delante del cuaderno.

Se han muerto sus personajes internos, a veces enmascarados tras alguna cirugía para que no la reconozcan. O esos otros, tan antagónicos a ella que, probablemente, aparecían para complementarla.

Ya no hay anotadores o libretas llenos de frases que eran el puntapié inicial de futuros relatos. Ha quedado una anemia absoluta de ideas, las palabras han perdido tantos glóbulos rojos que no tienen la fuerza necesaria para reunirse y honrar un texto.

Aún peor, ella escapa ante cualquier oportunidad de sentarse y permitir que salgan y se expresen como sea. Ha cerrado esa puerta porque detrás intuye el abismo de que no hay más nada que contar. Y lo que surge es oscuro, como si ya hubiera entrado en la noche eterna del alma. Elige guardarlo para ella, la realidad es lo suficientemente lóbrega como para agregarle su cuota.

Tiene miedo, un miedo que aparece de golpe y la estrecha en un abrazo que la deja sin oxígeno. Cierra los ojos, inhala profundo e invoca alguna imagen amada para que la acompañe. No evade el arañazo de la angustia, aprendió a sostenerlo, sabe que pasará y volverá a vestirse con el traje gris de la monotonía.

Sí, se acabaron las historias, los deseos de buscar personajes, metáforas, corregir lo escrito.

El nido está vacío, un nido al que no llegan los pájaros que le traían un concierto de rumores recogidos en el bosque de la vida. Lo más probable es que sea ella la que se ha quedado sin alas y no consiga alcanzar esos mundos que se alejan y desvanecen.



©  Mirella S.   — 2017 —




lunes, 8 de mayo de 2017

Señales



Recordaste la época en que diseñabas señaladores para llegar a fin de mes, cuando, días atrás, encontraste uno en el cajón de los objetos olvidados. Te asombró la minuciosidad del dibujo y el buen estado que mantuvo a través de tantos años.

Estaban planeados hasta en sus menores detalles. Debían ser estéticamente bellos porque morarían en el interior de un libro, señalando el tramo de lectura ya recorrido.

Los pintabas con acrílicos de colores sobre una cartulina gruesa y los fijabas con un barniz en aerosol para su preservación. El paso siguiente era pegarles en el dorso una tela afelpada, con el fin de sostener la cintita de raso que indicaría la página abandonada.

Elaboraste muchos modelos (te aburría la repetición); los de mayor éxito y venta fueron aquellos con los signos del Zodíaco, que representaste según un criterio personal, diferente de los símbolos ya usados.

Qué extraño, en ese entonces no te interesaba la astrología y la elegiste como tema por pura desesperación porque nunca tuviste instinto comercial. Fue mucho tiempo después, empujada por otras circunstancias desfavorables, que empezaste a estudiarla desde un punto de vista nada tradicional, que se acercaba a la psicología junguiana. Esos señaladores expresaron una tendencia que ya estaba en vos, te ayudaron en un momento económicamente difícil, así como ocurrió más tarde con las clases, en las que aprendiste a conocer tu verdadera esencia: esa fusión de energías antagónicas que te conforman.

Hiciste lo que pudiste para salir a flote de las aguas intensas de tu emocionalidad. Mirás ese resto del pasado y sabés —ahora que tus fuerzas físicas mermaron y estás encallada en una orilla sin retorno—  cuánto vigor pusiste para insertarte en la realidad que te tocó en suerte.


©  Mirella S.   — 2017 —




miércoles, 3 de mayo de 2017

Abelardo Castillo: un gran escritor


Murió un excelente escritor argentino: Abelardo Castillo.
Lo conocí personalmente en un taller literario que él coordinaba. Mi pequeño homenaje es publicar uno de sus cuentos, para que quienes no lo conocieron lo lean 
y los que sí lo leyeron, lo recuerden.




El hacha pequeña de los indios


Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa –linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero–, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. "Vamos a tener un hijo", había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia.

Del libro "Las panteras y el templo"




Los iré visitando en la medida de mis posibilidades.
Por el  momento no contestaré a los comentarios que dejen, pero los leeré atentamente.

Abrazos para todos.